Cuento de Terror – El monstruo del armario

Clásico cuento de Terror para niños, en que algo tan cotidiano como un armario puede resultar terrible para cualquier niño y mas si cree que hay un monstruo dentro.

El monstruo del Armario

—Pedrito, ¡a dormir!

Pedrito odiaba cuando lo llamaban para ir a dormir, ya que tenía que volver a pasar miedo una noche mas.
En su habitación había un enorme armario de madera, en el que su interior creía que albergaba todo tipo de horrores y monstruos dispuestos a salir en la oscuridad para comérselo.

A veces había llegado a escuchar rasguños en la puerta desde adentro, con garras que él se imaginaba tan largas como las de un oso. Otras veces, le parecía oír un gruñido y ruidos raros, que parecían susurrar su nombre o se quejaban por no poder salir.

Cuando le parecía oír estas cosas, Pedrito se metía debajo de las sábanas y temblaba hasta quedarse dormido, rezando para que la puerta del armario nunca se abriera.

Lo peor era que cada vez que se lo explicaba a su madre, ella se echaba a reír.

—Menuda imaginación tienes, hijo —le decía y luego abría el armario para comprobar que no había nada, —¿lo ves? Los monstruos no existen.

Pero claro, eso lo dice porque siempre que abre el armario lo hace de día. El monstruo solo intentaba salir por las noches, cuando las sombras lo ocultaban de la vista de los demás. Si el Sol brillaba, la criatura terrorífica nunca se atrevería a salir.

armario viejo

Una noche, Pedrito se quedó escondido entre las sábanas, con una linterna en las manos. Oyó dos, tres golpes en la puerta y asomó su cabeza, con miedo.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Armándose de valor, se puso sus zapatillas y andó hasta el armario. Cogió una manija y abrió la puerta. Se metió entre sus abrigos y pantalones e investigó por dentro, hasta que la ropa se transformó en hojas de árboles y se percató que estaba en un bosque. Allí tampoco había sol, las estrellas iluminaban aquel lugar lleno de casas diminutas donde habitaban duendes, hadas y otras personas pequeñas que iban de un lado a otro.

Por un momento, Pedrito se quedó parado sin saber que hacer hasta que escuchó un rugido lejano. ¡Ay no! Era el monstruo que venía a por él.

El niño vio como se acercaba, todo cubierto de largo pelo verde, con unas manos y unos pies gigantescos, grandes dientes que sobresalían de su boca y unas garras muy afiladas.
Pedrito gritó y se echó a correr de nuevo hacia su habitación. Pero justo cuando estaba a punto de alcanzar la puerta del armario, una mano enorme lo cogió de su hombro con fuerza.

—Espera —le dijo el monstruo—, no quiero hacerte daño, yo sólo quiero ser tu amigo. Todas las noches vengo para que me dejes salir y juguemos juntos.

—¿De verdad? —le preguntó Pedrito.

—Sí, aquí me siento muy solo porque todos me tienen miedo, ya que soy muy grande para ellos. Todos son diminutos aquí. Pero tu pareces valiente y quizás quieras estar conmigo cuando llegue tu hora de dormir.

Pedrito aceptó y él y el monstruo se hicieron muy buenos amigos. Nunca más volvió a tener miedo a la noche ni a los armarios.


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